lunes, 14 de abril de 2014

Palabras inventadas: segunda parte

Vuelvo al mismo tema, porque resulta que no sólo Shakespeare se inventó palabras a su antojo. Ahí tenemos a grandes nombres de la literatura universal, como Julio Cortázar o Lewis Carroll, que han hecho de sus respectivos lenguajes un mundo más rico. Vayamos por partes.

Julio Cortázar incluyó en su obra Rayuela un capítulo redactado en un lenguaje inventado, al que bautizó como 'Gíglico'. El capítulo entero está escrito en este nuevo idioma... Y él se quedó tan ancho. En su favor hay que decir que esta nueva lengua sigue las mismas normas de puntuación y escritura que el español, del que también toma unas cuantas palabras, y que es fácil imaginar lo que describe. También podríamos comentar que tal vez se inspiró en el otro autor que he mencionado: Lewis Carroll.

Pues sí. Y es que Cortázar no fue el único en jugar con las palabras; Lewis Carroll también hizo malabares con el inglés e incluyó en Alicia a través del espejo (Alice through the looking glass) el 'Jabberwocky', un bonito poema en el que la práctica totalidad de las palabras son inventadas: no existían antes de salir de su mente. No obstante, lo más destacable es que algunos de estos términos no sólo saltaron de su mente a su pluma, sino también del libro al diccionario. Términos recogidos por el Oxford dictionary como 'chortled' o 'frabjous' proceden única y exclusivamente de esta indescriptible pieza poética.

Sin embargo, lo mejor de todo es que existen traducciones al español de este poema: por ejemplo, una escrita por Jaime de Oceda en 1973, que recibe el nombre de 'Galimatazo'; o la traducción de Jorge A. Sánchez, de 1996, bautizada como 'Flabistanón'. Hasta tres nuevos idiomas, creados a base de palabras inventadas, surgidos de un único poema...

Y ahí no acaba la cosa. Ya verás.


sábado, 12 de abril de 2014

Palabras inventadas. Primera parte

Se dice que William Shakespeare, el celebérrimo autor británico, es también responsable de la acuñación de hasta 1.700 nuevos términos. '¿Cómo es posible?' Te preguntarás. Al fin y al cabo, 1.700 palabras son muchas. Pues hay una serie de explicaciones, a cada cual más lógica.

Por aquel entonces, para empezar, no había una estricta gramática inglesa que recopilara todos los términos existentes. También era una época en la que no todo quedaba recogido por escrito y no se puede decir, ni mucho menos, que los documentos de por aquel entonces perduraran en el tiempo. Por esta razón, es probable que se le achaquen palabras que ya existían. Él simplemente las escribió en documentos lo suficientemente duraderos. De hecho, sumando las palabras que ya existían pero que aparecieron por primera vez en un texto escrito en una obra de Shakespeare, llegamos a las 2.000. Recordemos que el inglés, además, en el siglo XVI era una lengua relativamente nueva y había poca literatura en ese idioma.

Sin embargo, el motivo fundamental por el que acuñó tantos nuevos términos era que si no existía una palabra que él necesitaba, sencillamente se la inventaba. Aunque parezca una locura, es un mecanismo de lo más dinámico, imaginativo y práctico. Además, reconozcámoslo, todos lo hemos hecho en algún momento. Lo que no podemos negar es que, gracias a su inventiva, hoy en día contamos con voces como lonely (solitario), to hurry (apresurarse) o to undress (desvestirse) Y podríamos añadir otras como assassination, cold-blooded, bedroom o birthplace... hasta superar las 1.700.


Resulta fascinante no sólo porque a veces se puede entrever el proceso de creación de la palabra en cuestión, sino porque la mayoría de ellas siguen en uso hoy en día. Supongo que no es más que otro ejemplo de la enorme influencia que tuvo el dramaturgo... y que sigue teniendo.

lunes, 31 de marzo de 2014

Posdata: te quiero, de Cecelia Ahern (traducido por Francesc Borj Folch Permanyer)

Hace un par de meses publiqué una entrada en la que hablaba del vacío que sientes en el pecho al acabar un libro o, en este caso, al no poder hacerlo. Gracias al título tal vez ya habrás adivinado de qué libro se trata y, con un poco de suerte, también habrás deducido que he conseguido terminarlo.

Si me animé a comenzar Posdata: te quiero fue porque ya había leído un libro de su autora y la impresión fue excelente. Además, hicieron una película muy famosa basada en esta historia y el título es muy sugerente. Demasiados factores positivos, no podía dejar pasar la oportunidad.

Y, para colmo, las primeras páginas me engancharon muchísimo (de ahí lo de 'vacío en el pecho'). Es una historia tierna, dulce, entrañable. Un argumento que te saca una sonrisa a pesar de las adversidades y un entorno atractivo y mágico: Irlanda.

Sin embargo, también tengo que reconocer que no todo en el libro es perfecto. Es fácil encontrar pequeñas contradicciones y hasta algún error (al menos en la edición que yo tengo). Del mismo modo, no tiene la misma fluidez comunicativa que If you could see me now... ¿Será porque la autora estaba poco inspirada en algunos apartados? ¿O debido a un fallo de traducción?


Sea como fuere (bonito uso del futuro de subjuntivo), lo cierto es que la historia engancha. Mucho. Consigue que pases las hojas sin darte cuenta y que desees saber cómo evoluciona la trama. En cuanto al final... No voy a desvelar nada, en mi línea. Descúbrelo tú mism@.

viernes, 28 de marzo de 2014

Das Leben der Anderen

En parte debido a mi desconocimiento absoluto de todo lo relacionado con el séptimo arte, no tengo muy claro si el cine alemán goza de prestigio internacional,... Diría que no. Mi teoría es que si su fama hubiera traspasado fronteras, lo sabría.

Sin embargo, sí hay películas que han conseguido llegar incluso a oídos de una persona cinematográficamente inculta como yo. Ésta es una de ellas. Sabía que había sido nominada a un Oscar y que las críticas recibidas eran excelentes. Del mismo modo, muchos amigos (tanto alemanes como de otros países) me la habían recomendado y habían insistido en que la viera. La carta de presentación difícilmente podía ser mejor.

Resulta que Das Leben der Anderen es una de esas películas aparentemente inofensivas, en las que parece que no ocurre nada hasta que te das cuenta de que tienes un nudo en la garganta. Después de un principio tal vez un poco errático, avanza hasta centrarse en sus principales objetivos, que permiten al espectador seguir dos historias paralelas y que desembocan en un final tan sorprendente como predecible. Todo al mismo tiempo (y, ojo, eso es difícil de conseguir).

Además, y lo que es más importante, en mi humilde opinión de residente en Alemania, refleja la vida en el Berlín Oriental de los años ochenta de forma fiel. Muestra, por ejemplo, el interior de una de las cárceles de la Stasi (la policia secreta de la RDA) o la fachada de la librería más emblemática de la ciudad. Y también cómo era el interior de esta organización: los dilemas que suponía trabajar para ellos y la inseguridad que entrañaba el no hacerlo.

Hace poco, precisamente, estuve de viaje en Berlín. No fueron suficientes días ni para conocer la quinta parte de lo que esta ciudad puede ofrecer, pero sí que volví encantado con todo lo que pude aprender y empapado de historia. Gracias a Das Leben der Anderen he podido revivirlo y he reforzado mi convicción de que la capital alemana es una de las ciudades más interesantes del orbe. Por tanto, en esta entrada aprovecharé para recomendarte en primer lugar que veas la peli y, en segundo lugar, que vayas a Berlín. No te arrepentirás de ninguna de las dos.


martes, 25 de marzo de 2014

¿Se puede ser bilingüe? Parte I

En una de tantas quedadas Erasmus, mi grupo de amigos y yo coincidimos con un chico francés que hablaba muy bien en alemán. Sin acento, sin fallos gramaticales, sin titubeos. Nos explicó que su padre procede de una región de Francia que está muy cerca de la frontera con Alemania, por lo que su dominio de la lengua de Goethe es prácticamente perfecto.

Después de esta aclaración, alguien dedujo 'Ah, o sea que eres bilingüe'. Él respondió rápidamente y con fervor que no, que no era bilingüe en ningún caso y que el alemán no es su lengua materna.

Yo comenté que no creía en el bilingüismo, algo sobre lo que ya he opinado en el blog. Sin embargo, esta vez una amiga italiana, que encima estudia lingüística, me escuchó y tuvo que argumentar al respecto. Dijo que ella sí que creía y que quienes no lo hacen tampoco tienen motivos para creer en el monolingüismo.

Interesante. Nunca me lo había planteado de esa manera.


Es un tema arduo y complicado... Reflexionaré al respecto y publicaré mis conclusiones. Que tengas un buen día.

martes, 25 de febrero de 2014

Harry Potter und der Stein der Weisen (traducido por Klaus Fritz)

Una soleada tarde de septiembre, recién aterrizado en Heidelberg y con el firme propósito de aprender alemán, salí de una famosa librería con el primer tomo de la saga de Harry Potter en las manos. Creo que leer es lo que más puede ayudar a quienes están estudiando un idioma, y yo decidí que la opción perfecta para tan noble labor sería una historia conocida, con un vocabulario asequible y, sobre todo, con un argumento con el que ya estuviera familiarizado... Para evitar excesivos bloqueos mentales.

Algunos meses después (más de los que me gustaría admitir), conseguí llegar a la última página y dar la lectura por terminada. Supongo que mi alemán sí es un poco mejor y parte del mérito se lo debo a tan idolatrado libro.

La verdad es que me gustaría poder opinar acerca del contenido, pero no lo haré, porque a estas alturas me parece prácticamente una obviedad, o de la traducción, pero tampoco lo haré, porque mi nivel de alemán no está a la altura.


Entonces, dirás, ¿para qué estás escribiendo esto? Pues muy sencillo. Únicamente quiero enfatizar el hecho de que la lectura te puede abrir innumerables puertas. No sólo te permite descubrir nuevos mundos, también te proporcionará una mayor soltura, un vocabulario más rico y una mente más lúcida. Y, cuando estamos hablando del aprendizaje de una lengua extranjera, los beneficios pueden ser incalculables.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Errores en español... O no

Me acabo de dar cuenta de que a veces escribo palabras cuyo uso sé que es incorrecto (o, mejor dicho, no del todo correcto) y, en vez de buscar una alternativa, pongo a continuación que es un fallo y que no se debe usar.

Si lo pensamos fríamente, ese modo de proceder me deja en muy mal lugar. No es algo que podría hacer en un examen ni en un futuro encargo como traductor profesional. Entonces, ¿por qué lo hago? Pues porque son errores que considero poco importantes o, incluso, con los que no estoy de acuerdo.

Un profesor de la carrera de traducción siempre decía que 'el diccionario es como papá: cuando eres pequeño, crees que tiene todas las respuestas, pero con el paso del tiempo acabas replicándole y llevándole la contraria'. Y es que algo tan rico, variado y complejo como un idioma no se puede aglutinar en un libro. Por eso siempre hay que cuestionar ciertas cosas.

Por ejemplo, hay muchas palabras que se dicen con frecuencia y que no están recogidas en el diccionario. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que no podemos usarlas? Claro que no, es sólo un indicio de que la sociedad va por delante de la Real Academia o de la institución en cuestión. Esta situación puede aplicarse a neologismos, formas coloquiales (que no vulgares) o incluso calcos. Entiéndeme, no estoy a favor del uso indiscriminado de términos coloquiales ni de calcos, pero algunos están tan integrados en el idioma que yo a algunos ya los veo perfectamente lícitos. Y, muchas veces, es sólo cuestión de tiempo que acaben siendo incluidas en los diccionarios.

Algo parecido se podría decir de las palabras resultantes de las últimas modificaciones. No voy a volver a comentar la supresión de 'sólo' (con acento), pero se me viene a la cabeza el eterno ejemplo de Catar. A mí me gustaba escribirlo con Q, le daba un toque exótico y me venía muy bien para jugar al Scatergories, pero resulta que esa Q no es natural en español, ergo se tiene que que cambiar por la siempre castiza C. ¿Quiere decir eso que los textos que sigan optando por 'Qatar' están mal escritos? En mi opinión, no... Aunque tampoco me arriesgaría a ponerlo en un examen o un encargo.


Lo mismo ocurre con términos como blog o grandísimo. La primera es un préstamo: una palabra inglesa que, poco a poco, se ha ido introduciendo en nuestra vida de forma inalterada. No existía una traducción en castellano y resulta tan fácil usarla (¡sólo son cuatro letras!) que la RAE ha caído rendida a sus pies y se ha apresurado a dedicarle otra entrada. La segunda es un superlativo que no aparece en el diccionario (hay que recurrir a 'máximo', opción más correcta), pero que todos usamos continuamente en nuestro día a día... ¿pasará mucho tiempo antes de que las más eminentes instituciones lingüísticas de este nuestro idioma la reconozcan como término de pleno derecho, y no como opción incorrecta? Hagan sus apuestas...