sábado, 25 de julio de 2015

No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, de Laura Norton



A estas alturas, supongo que ya sabrás que no leo las sinopsis de las contracubiertas y que me guío por otros factores a la hora de elegir un libro: el autor, recomendaciones de amigos, o –aunque me duela admitirlo­–  la portada. Uno de esos factores, cómo no, es el título.

Y es que es difícil dar con un título memorable, que sea sencillo pero no demasiado, que sea llamativo pero que no peque de peliculero. También es complicado que, además, dé una idea de lo que ocurre durante la trama y que refleje el estilo del autor (autora, en este caso).

Pues bien, aquí tenemos uno que cumple todo lo anterior. Laura Norton no sólo ha conseguido publicar un libro con un título absolutamente genial, sino que también nos proporciona una lectura amena, agradable y muy divertida, a tono con lo que el título promete. Su estilo es muy fluido y recurre a métodos que captarán toda la atención del lector, por ejemplo, las referencias a elementos tan actuales como Whatsapp® o Instagram®. Además, consigue hilar unas escenas con otras de forma que no puedes dejar de pasar páginas y es fácil conectar con los personajes, algunos de los cuales son absolutamente memorables.

Sin embargo, tal vez lo más destacable es que hay escenas verdaderamente hilarantes. Algunas de ellas pueden parecer normales, pero Laura Norton les saca todo su jugo y utiliza distintas técnicas para ello. Así pues, si te decides a leer esta obra, serás testigo de las andanzas de Sara (la protagonista) y también de sus divagaciones y hasta de sus conversaciones imaginarias. Y no, esta novela no es una especie de libro de autoayuda ni ensayo filosófico que hable sólo del karma (ni de gilipollas), pero tal vez sí que consiga que te sientas en paz contigo mismo cuando la acabes.

jueves, 23 de julio de 2015

La elección de la segunda lengua extranjera



Últimamente estoy algo nostálgico en el blog. Que si la parte escrita de la prueba de acceso, que si la parte oral, que si ya tengo el título y soy graduado en Traducción e Interpretación… Pues ahí no acaba la cosa. Ahora voy a rememorar el momento en que elegí mi segunda lengua extranjera y mi vida dio un pequeño giro.

Resulta que para acceder al Grado en Traducción e Interpretación de la Universidad de Salamanca hay que superar una prueba de acceso en español y en una lengua B. Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, el plan de estudios de la carrera incluye una segunda lengua, a escoger entre inglés, francés, alemán y japonés, y de la que, al acabar, se debe haber adquirido un nivel equiparable al de la lengua B (es decir, un C1-C2).

Mi lengua B, como la de gran parte de mis compañeros, es el inglés. Era el idioma que llevaba más años estudiando y con el que me sentía más cómodo. Superé la prueba de acceso y durante el primer año cursé asignaturas de lengua inglesa y de traducción inglés-español. Mientras tanto, mis compañeros se ponían al día con el alemán y el francés (el japonés todavía no era una opción) y yo convalidé un par de asignaturas que había cursado en mi otra carrera para, al menos, tener el número necesario de créditos.

Por aquel entonces, yo estaba convencido de que el francés sería mi lengua C, o mi segunda lengua extranjera. La había estudiado durante años, tanto durante la E.S.O. y el bachillerato como en la Escuela de Idiomas, y estaba bastante contento con mi nivel. Además, me gustaba mucho y quería seguir estudiándola. La única pega era que prefería irme de Erasmus a un destino de habla inglesa y eso era salirse un poco del plan establecido (que contempla irse a un destino de tu segunda lengua extranjera), pero podía vivir con ello.

Sin embargo, a medida que avanzaba el primer cuatrimestre fui cambiando de idea. Por un lado, me seducía la idea de afianzar un nuevo idioma y, por otro, sabía que si no escogía alemán como segunda lengua nunca llegaría a tener un nivel aceptable. Por si fuera poco, un profesor me comentó que, en mi situación, tendría muchas más salidas si me decantaba por el alemán y cursaba el itinerario de interpretación.

Así pues, mi mente preclara decidió que lo mejor era ir a por el alemán. Mis conocimientos básicos me permitieron matricularme en una optativa del segundo cuatrimestre y mi pasión por los idiomas hizo que pudiera dedicarle las horas necesarias. El resultado: ahora soy todo un graduado con alemán como segunda lengua extranjera, he podido hacer un año de Erasmus en Alemania (problema resuelto) y he cursado el itinerario de interpretación, tal como el profesor me dijo… aunque él no lo sabe.

sábado, 18 de julio de 2015

¿Y ahora qué?



Queridos lectores:

Actualizo este mi querido blog, por primera vez, como graduado en Traducción e Interpretación. Ya han pasado cuatro años desde que abrí el pdf con la lista de admitidos y vi que mi nombre figuraba en ella, y lo cierto es que ha sido un periodo de mi vida hermoso, lleno de experiencias, anécdotas y recuerdos y, sobre todo, han sido cuatro años en los que me he formado para convertirme, oficialmente, en traductor.

En este tiempo he aprendido a renunciar a los gerundios, a poner comas antes de cada vocativo y a evitar todo tipo de calcos, anglicismos, galicismos y extranjerismos varios. La carrera, además, me ha permitido pasar un año de Erasmus en Alemania y participar en todo tipo de congresos, eventos, fiestas y celebraciones.

Sin embargo, mi vida de estudiante universitario toca su fin. El título de Traducción e Interpretación es una especie de premio a todos los años de esfuerzo y, al mismo tiempo, una pequeña maldición que me lanza de cabeza al mundo laboral. Por tanto, en este limbo de miedos e incertidumbre, ahora sólo queda preguntarse… ¿Y ahora qué?