viernes, 29 de abril de 2016

Nueva etapa

¡Hola a todos, queridos lectores (siempre asumiendo que el número es plural)!

Ya he adelantado en mis dos últimas entradas (aquí y aquí) que tenía algo que comunicar, y no quiero posponerlo más. Resulta que desde hace un par de semanas estoy viviendo de nuevo en Alemania, país donde ya hice mi Erasmus (en concreto, en Heidelberg) y donde se habla ese endemoniado idioma que me empeño en perfeccionar. La decisión de venirme fue complicada, pero creo que era una buena oportunidad para cambiar de aires y, sobre todo, darle un buen empujón al alemán (al idioma, se sobrentiende).

Durante los próximos meses, por tanto, actualizaré desde Leipzig, la ciudad en la que resido actualmente. En mi línea, hablaré brevemente de algunas de las experiencias que me vayan ocurriendo y de las ocurrencias que se me vengan a la cabeza, siempre intentando que estén relacionadas con el mundo de los idiomas y la traducción. Además, quién sabe, tal vez tendré que actualizar mi famoso top ten de ciudades alemanas.

P.D.: esta entrada es corta, pero es que estoy escribiendo con un teclado alemán, y eso complica un poco las cosas (no hay eñe, los acentos están en otro sitio y hay letras cambiadas... Para evitar disgustos lo dejaremos aquí).

sábado, 23 de abril de 2016

23 de abril: día del libro



No podía ser de otra manera. No es la primera vez que le dedico una entrada de mi blog al Día del Libro (ver aquí y aquí) y este año no podía dejarlo pasar porque me veo obligado a celebrarlo en la distancia (como comenté en mi últimaentrada, esto lo explicaré más adelante).

Lo habitual es que en tan señalada fecha vaya a la Plaza Mayor de Salamanca, donde las librerías que participan montan sus puestos, para perderme en mi mundo y echar un vistazo a cuantos libros me permita la multitud. Siempre acabo comprando unos cuantos y algunos de ellos me han gustado especialmente. Dos ejemplos que se me vienen a la mente son Los juegos del hambre y Noculpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Curiosamente, ambos acabaron terceros en el ranking que hice en sus respectivos años (ver aquí y aquí).

Este año, como ya he dicho, no podré visitar los puestos de la Plaza Mayor. Me planteo la posibilidad de darme un capricho y comprarme alguno en la primera librería que vea en la ciudad donde estoy, aun a sabiendas de que no será lo mismo. De momento, les he pedido a mis padres que se compren alguno en mi honor… ¡Y que elijan uno que yo me pueda leer!

jueves, 21 de abril de 2016

Hacer tándem



Vale, reconozco que esta vez me he despistado mucho. No es habitual en mí dejar el blog abandonado durante tanto tiempo, pero espero recuperarlo con un par de bonitas entradas (además de ésta) antes de fin de mes. Además, adelanto que he tenido una buena excusa para justificar mi dejadez, aunque ya hablaré de ello más adelante.

De momento, retomo uno de los aspectos más importantes de la traducción, que es, cómo no, el de aprender un idioma extranjero. El proceso, y cualquier persona que se haya visto en la situación de tener que hacerlo, es arduo y no está exento de complicaciones. Una lengua distinta de la materna puede presentar dificultades a nivel de gramática, vocabulario, pronunciación (o a todos esos niveles al mismo tiempo) y hay que aprovechar cada oportunidad que se nos presente para mejorar o perfeccionar el idioma en cuestión.

Sí, evidentemente una de esas oportunidades es la existencia de un tándem. Para el que no lo sepa, ‘hacer tándem’ consiste (entre otras acepciones) en quedar con otra persona para conversar. La gracia está en que esa otra persona hablará un idioma que nosotros estamos aprendiendo (sea o no su lengua materna) y en muchos casos también estará estudiando nuestro idioma, o uno que nosotros podamos hablar. Así, el encuentro es beneficioso para ambos. Me he explicado de forma un poco farragosa, pero creo que ha quedado claro.

El caso es que si saco el tema a colación es porque considero que incorporar un tándem en nuestro proceso de aprendizaje de un idioma extranjero es una muy buena idea. Esa persona hará que nuestro oído se acostumbre al sonido de dicha lengua, que retengamos mejor expresiones y estructuras que tal vez son distintas en nuestro propio idioma y que podamos practicar nuestra expresión oral. Es cierto, no obstante, y en mi punto de vista, que para que un tándem realmente sea eficaz ya tenemos que haber logrado un nivel aceptable del idioma en cuestión. No tiene sentido que intentemos hablar con un (por ejemplo) alemán si apenas llevamos estudiando el idioma unos meses, porque nuestras conversaciones serán muy limitadas y tal vez la otra persona no querrá repetir… Eso, o acabaremos hablando sólo en nuestro idioma, algo que ciertamente no nos reportará gran cosa (y cuando se estudia un idioma hay que ser un poco egoísta).

Además, el mundo de los tándems es maravilloso y el proceso es sólo comparable al de buscar una cita: primero hay que localizar los locales o las páginas web en las que encontrar a alguien. Después, cruzar los dedos para que en principio la otra persona y tú seáis compatibles y, si así es, dar con una hora que cuadre a ambos y un sitio adecuado para quedar. Una vez conseguido, sólo queda esperar que el encuentro sea fructífero para las dos partes y, por qué no, que haya una segunda vez. La comparación con una cita tal vez sea más una paranoia mía que otra cosa, pero por diversos motivos ahora mismo estoy buscando a distintas personas con las que hacer tándem y no podía evitar escribir al respecto.

Para terminar, recuerdo que tándem es una palabra llana que termina por 'm', por lo que debe llevar acento, aunque en el inglés original no lo haga. Dicho esto, me voy a dormir y prometo volver pronto con alguna entrada más interesante.

martes, 29 de marzo de 2016

Soy un rebelde



Pues sí, chavales, lo reconozco. Mi lado más perverso puede salir a la luz de vez en cuando, y ahora voy a contar uno de los casos en los que ocurre. Obviamente, está relacionado con la ortografía.

Ya he escrito alguna vez mi opinión sobre los cambios en el lenguaje. Es innegable que un idioma es un organismo vivo, que evoluciona con el tiempo y que, por tanto, no puede quedarse estancado. Sin embargo, también creo que no todos los cambios son todo lo naturales que deberían, por lo menos en el español.

Me explico. Puedo llegar a tolerar e incluso defender la adquisición de anglicismos, o de nuevas acepciones para una palabra. Al fin y al cabo, no son más que cambios que acompañan la evolución del mundo en el que vivimos. Sin embargo, no acabo de estar a favor de algunas de las modificaciones que la Real Academia ha hecho en los últimos años y que, para mí, en última instancia, sólo buscan la simplificación de la lengua.

Ojo. Creo que es un motivo perfectamente razonable y es lo que ha hecho que el español sea lo que es a día de hoy (para empezar, ha perdido las declinaciones del latín, algo por lo que doy gracias); no se puede negar que un idioma siempre tenderá a la economía y la simplicidad. No obstante, también es razonable (y enriquecedor) que un idioma tenga particularidades, excepciones y hasta contradicciones. Es por eso que sigo acentuando ‘sólo’ cuando significa ‘solamente’ y los pronombres demostrativos; y también sigo escribiendo con nostalgia palabras como ‘qatarí’ o ‘whisky’ (ambas aceptadas, eso sí).

La palabra que me ha llevado a escribir esta entrada también podría englobarse en esta segunda categoría, en la de cambios con los que no acabo de estar de acuerdo y que persiguen una simplicidad tal vez un poco artificial. Se trata de ‘guión’, un término que se ha acentuado durante años pero que, por su condición de monosílado, no debería.

Sí, lo admito. Yo la sigo acentuando siempre que mi sustento no depende de ello. No sólo porque me parezca un cambio innecesario, sino porque ni siquiera estoy del todo de acuerdo. Al fin y al cabo, yo lo pronuncio como si tuviera acento y dos sílabas: gui-ón (como ‘rió’), y no sin él (como ‘vio’), independientemente de cuál sea la acepción con la que lo use.

Igual son cosas mías o igual, como he dicho para empezar, es que soy un rebelde. No sé. El caso es que yo me siento más cómodo acentuándolo y creo que lo seguiré haciendo salvo que se me indique lo contrario (cosa que, por suerte o por desgracia, ocurrirá siempre que haya dinero de por medio...).